Ayer (u hoy, según se mire) fue un día maravilloso, fantástico, perfecto. Las cuatro, solas. No se necesita a nadie más cuándo estás con la gente a la que quieres. Y aunque no me guste reconocerlo, porque querer a la gente es igual a debilidad, ellas tres son maravillosas, hacía mucho que no me sentía tan cómoda con la gente como con ellas. Por eso, supongo, las considero amigas. Y aunque últimamente haya habido problemas que han cambiado las cosas, anoche no importaba, porque, sencillamente, no era el momento de pensar en esos temas. Ignoremos los problemas y finjamos unas horas que todo es como siempre.

Reír, cantar, bailar, gritar, bromear, hablar, beber, fotografiar, fumar, hasta mear tuvo su gracia ayer. Ignorando a la gente, al qué dirán. En Nochevieja, todas con vestidos negros, todos con trajes, nosotras en vaqueros y que les follen a todos. La felicidad no está en un vestido del Bershka. Cubatas, churros en la casa de una amiga, comprados "por ahí", a falta de una mesa libre en la churrería de siempre. Nuevas risas, nuevas bromas, nuevas conversaciones. Llega un momento algo extraño en que, de seis personas en una pequeña cocina desayunando, soy la única que no tiene lazos de sangre con los demás, y que no conoce a dos personas y media de las que comparten mesa conmigo, pero no me importa. Son todos simpáticos. Yo no sé nada de ellos, pero parece que ellos algo sí han escuchado hablar de mi, me llaman por mi apodo en vez de por mi nombre desde el principio, sin haberme visto nunca, sin presentaciones, mientras yo sigo con la duda sobre sus nombres. Nunca había pasado un día, o mejor dicho, una noche, y para más concreción una Nochevieja como esta. Las dos últimas han estado bastante bien, pero no tanto. Me quedo a dormir en casa de una amiga. Hacía muchísimo, casi dos años, que no lo hacía. Dormir no duermo mucho, dejamos de cotillear tarde (ni siquiera podría decir "temprano" como juego de palabras, ya no estaba precisamente amaneciendo) y me despierto más pronto que de costumbre. Llego a mi casa a la hora de comer, y no bien he acabado, alguien llama al timbre. No me apetece salir de casa, y pido a mi madre si pueden entrar mis amigos, y acepta. Hacía al menos tres años que ese dormitorio no era pisado por nadie ajeno a la familia, tuve una amiga durante años que nunca vio ni el perfil de mi casa. Y se me hace extraño tener a gente dentro, pero es divertido..a pesar de que mi cuarto parezca ahora un campo de batalla.

Y vosotros, qué tal el primer día del año? :P