Hoy he ido a clase de lengua con la redacción hecha. Sí, de verdad. Como le prometí al profesor hace ya semanas, nada más verle entrar en clase se lo dije: “profe, ¡he hecho los deberes!”. Me mira con cara rara. “Y hasta me ha gustado. Vamos, que a lo mejor hasta empiezo a venir a todas las clases y todo…” “No, no, ¡no exageres, eso no!”. Tengo que reconocer que, nuevamente, modifico los deberes a mi antojo como me da la gana. Igual que la anterior vez que los hice, hace un año y un mes (¿y qué si en los seis años que llevo de instituto no he hecho los deberes más de una veintena de veces, tirando a lo alto? Tiempo que no he desperdiciado). Aquella vez la redacción –sólo hago redacciones; de hecho, en todo 4º de ESO sólo escribí en mi cuaderno redacciones… que hacía por que me daba la gana, la profesora no mandaba más que analizar sintaxis y yo pasaba del tema. ¿Veis a qué me refiero con lo de modificar los deberes?- versaba sobre un texto que exponía la opinión de alguien a quien no conozco sobre el Quijote. Al ser la primera que hacíamos, creo que eran sólo veinte líneas obligatorias. Usé cinco para explicar la opinión del hombre este, que ocupaba originalmente una hoja de periódico, y en las otras quince comenté que no tenía ideas sobre cómo continuar y le expuse qué excusas se me ocurrían para entregar una redacción de cinco líneas sin ser regañada. Ante el asombro de la clase –y el mío propio- el profesor me dijo que “tengo muchos recursos”. Y mucha cara, me parece a mi. Me mandan opinar sobre la opinión de un periodista y en vez de eso dedico el papel a redactar mis excusas favoritas. Pues vale.
Hoy eran treinta y cinco líneas. Tema, el deseo de eternidad del ser humano. Nuevamente he contado lo que me ha dado la gana. Frente al resto de redacciones (4 o 5 hablando de la idea de los egipcios sobre la muerte, 2 sobre la reencarnación y el budismo, 3 o 4 sobre el miedo a no ser recordados, 4 sobre teorías filosóficas respecto al tema) la mía ha resultado original, es lo que tiene escribir sobre un tema distinto al resto de la clase `por propia decisión.
Antes de empezar he aclarado varias cosas. Primera: “¿Tengo que leerla? Joder, profe, yo eso no lo veo. Ya la he escrito, que es bastante trabajo…”. Segunda: “Es una redacción muy alegre ya verás”. He dedicado diez líneas más de lo debido a relatar un suicidio, la muerte de una anciana y los pensamientos de alguien depresivo, en un tono más lúgubre que el de los escritores romanticistas (de hecho, sin darme cuenta, he reproducido muchas de sus características. Melancolía, introspección, campos léxicos, luminosidad, muerte. ¿No querías Becquer? ¡¡Toma Becquer!!), causando risas y comentarios por todos lados, pero ni uno solo del profesor, que a los demás no había hecho más que interrumpirles con ironías en sus exposiciones de la cultura funeraria egipta. Finalmente, unas líneas explicando de modo sutil por qué me parece estúpido el tema de la redacción, adornado con palabras bonitas. Luego añado: “Súper alegre, ya lo dije”. Alguien me pregunta de qué libro he copiado la redacción. “Te lo diría, pero si copiamos las dos se me acaba el chollo”. El profesor coge mi redacción. “Éste folio es el que he escrito en clase de filosofía, y éste otro el que he añadido mientras leían los demás sus redacciones”. Me dice que está muy bien, “que si a mi no me da por escribir”. De coña, que para la próxima redacción use otro tema, que en éste le han faltado víceras y tripas. En la puerta, saliendo a la calle, alguien me dice que le gustó mi redacción. Califica mi retórica de emo. No puedo evitar descojonarme. Si hubiese escrito todo tal y como realmente quería –con víceras quizá, pero con mucha sangre seguro- me llevan al psicólogo de cabeza.
Hacer los deberes de vez en cuando es una buena experiencia.

jaja buena moraleja xP
saludos
Pero sólo de vez en cuando.
Menos mal que en las carreras no los mandan... bueno, en algunas.