Hoy voy a hablar de una de las pocas personas que me han comprendido en esta vida, que ha comprendido el por qué de mis acciones y ha sabido escucharme y responderme. Una persona a la que le he dado la lata durante horas y me ha aguantado, consolado, ayudado. Que me llevó a casa cuándo mi padre me colgó el teléfono en un modo silencioso de decir: búscate la vida, yo no bajo a por ti. Es ridículo, pero me emociono cuando recuerdo a esta persona.
Le llamábamos "Fede", y es el ex-jefe de estudios de mi ex-instituto.
Se portaba bien con todo el mundo, pero sólo aquellos que fuimos las ovejas negras (y a mucha honra) del lugar podemos comprender lo genial que realmente era. Es la única persona que ha logrado entender que en momentos de nervios me ponga a reir, y no me ha dicho nada mientras reía delante de mi profesor de lengua llorando por mi culpa, sabiendo que no soy tan hija puta como parece. El único que se ha molestado en preguntarme cómo estoy sin estar obligado a hacerlo. El único que me ha aguantado una hora entera escuchando mis protestas fuera de lugar. El único que me ha dicho frases sabias, aparentemente cursis y vacías, llenándolas de significado. Me ha ayudado con problemas escolares, personales, emocionales. Que no ha gritado, regañado, criticado o bremeado a mis espaldas cuándo se enteró de que robé alcohol en el viaje de fin de curso. Que confió en mi, "no te he dicho nada en todo este tiempo por que sé que sabes lo que tienes que hacer". Que no dijo ninguna parida fuera de lugar (esta frase estropea un poco la emotividad del artículo, pero se agradece mucho que un profesor no te mande de deberes memorizar la forma de una papelera pública, que no vea cosas invisibles ni se invente expresiones como "repisto coloquial". De hecho, sabía incluso escribir, una habilidad que aprendes a apreciar cuándo estudias en un instituto en el que la mitad de los profesores tienen tan buena caligrafía y ortografía como yo habilidad para la física nuclear)
Y me cuesta alargar este artículo. Por que no sé cómo expresar todo lo que ha hecho por mi, todo lo que significa su nombre. Él me recordará como una más entre esos 600 alumnos cuyos nombres, apellidos e historial sabía de memoria, pero para mi Fede será siempre el único punto de cordura que hubo en mi adolescencia. Siempre me he movido entre locos y demonios, él ha sido el ángel bueno que de tanto en tanto me susurraba instrucciones para no perder el camino. Si en su lugar hubiese estado otra persona, otra menos empática y menos perfecta, probablemente ahora estaría fumando porros en cualquier callejón en vez de escribiendo este artículo. Realmente me ayudó a ir por un camino que, si bien no era el correcto, me permitía ver de lejos el sendero bueno, para poder regresar.
Me gustaría darle las gracias, pero no puedo. Se fue del instituto para ir a trabajar al Ministerio de Educación (ha sido un poco como Mary Poppins: estuvo cerca mientras le necesité, me resolvió la vida y luego desapareció), ya no lo tengo tras ese escritorio al final del pasillo de secretaría para ir a decirle lo que siento, como hice siempre durante aquellos años. Ojalá algún día me cruce otra vez con él par poder decirle un gran y sincero "gracias". Ojalá algún día vuelva a tener otro Fede en mi vida.