Cruzo las puertas del instituto dos semanas y dos clases más tarde de lo que debería, sin mochila, en una mano un cuaderno y cinco bolígrafos comprados en los chinos diez minutos antes y en la otra el móvil. Voy a jefatura y les pido que me digan en qué clase estoy y en qué asignaturas. Me miran con ojos de asombro cuando se enteran de que en las dos primeras semanas de clase no he pisado el instituto. Esa misma mirada se repite cuatro veces más a lo largo del día, las cuatro clases a las que me presento (cuatro de seis, no es mal porcentaje...).

Mi primera clase es literatura, un coñazo. Mirando el horario descubro que este curso va a ser horrible. Todas las asignaturas son serias, ni un triste hueco para religión, tutoría, educación física, lo que sea. Tengo que estudiar tres variantes de la misma asignatura que tanto detesto: historia de España, historia del arte e historia del mundo contemporáneo. Las pocas asignaturas a las que tenía algún apego desaparecen para mí, como economía, o apenas tengo horas semanales, como inglés. De ser 17 personas en mi clase de 1º de Bachi, pasamos a ser 32 en 2º. Mucha pija, una anarquista, una sin identificar, muchos pokeros, muchas caras a las que odio, dos que son amigas, unas pocas que son conocidas. Hecho de menos a una amiga del año pasado, que ha repetido y ya no va a mi clase.

Siguiente asignatura, francés. Al sentarme en la silla la profesora me pregunta quién soy, qué hago ahí, si soy nueva o es que me he cambiado de asignatura. La profesora es simpática, pero la asignatura la odio. Me duermo, me aburro. Y no sé lo que me queda todavía...

Tercera clase del día, quinta para los demás: historia de España. Desde el primer momento le caigo mal al profesor (llego dos semanas tarde, y encima me salto la primera clase del día, que me la daba él) y él me cae mal a mi, lo que es un verdadero problema, ya que no sólo me da historia, si no que también es mi profesor de geografía y mi tutor, con lo que le voy a ver la cara a él más que a mi madre en los próximos ocho meses. La clase empieza veinte minutos tarde y aún así se me hace eterna, tanto que los últimos doce minutos abro mi cuaderno y empiezo a copiar, en un intento de centrar mi atención en las palabras del profesor y de no dormirme. No queda bien dormirte en primera fila en tu primera clase con un profesor, por coñazo que sea.

Última asignatura, latín. La profesora me quiere sacar para declinar una palabra en la pizarra. Le contesto entre risas que difícilmente, ya que esta es mi primera clase de latín. "¿Del curso?", me pregunta. "De la vida", contesto. "El año pasado daba matemáticas, pero éste me he cambiado". La profesora pone cara de horror, como si le hubiese dicho que pensaba aprender chino avanzado en vez de segundo año de latín. Me trata como si fuera analfabeta (vale, no sabré el genitivo plural de la primera declinación, pero que el latín es un idioma flexivo es algo tan básico como la raíz cuadrada de 9, que no hace falta ir a mates para saberla) y me saca a la pizarra a declinar dos palabras. Lo hago bien. Y me divierto, la clase se me pasa más o menos rápido y copiando se me quitan las ganas de dormir.

Una clase interesante de cuatro. Tampoco es mal porcentaje.