Una de la noche, a lo mejor menos. Mi cuarto, Mago de Oz. Una ensalada algo insípida. Un libro de filosofía abierto sobre la mesa. Papel, folios, un bolígrafo. No me gusta escribir en papel, es incómodo. Las palabras llegan más rápido a mi mente de lo que yo las puedo enviar al papel.

En mi cuarto hay un libro que no es mío. En realidad hay varios, pero no es lo mismo. Los demás libros son de otras personas, otras personas que son parte de mi. No me resulta incómodo tener sus casas en mi cuarto, que últimamente parece un almacén de objetos de cierta amiga. Los trato como si fueran míos, en cierto sentido lo son.

Este libro, en cambio, es casi robado. Me lo prestó alguien este verano, hace ya más de un mes. Alguien que pensé, que me convenció durante algún tiempo, que llegaría al menos a la categoría de “conocido”, y, finalmente, no ha pasado de la de “gente que conozco el nombre”. Y su libro, uno de sus favoritos, sigue en mi ventana, ignorado por mi, haciendo como que no está. No es parte de mi, no puedo cogerlo y releerlo mil veces como haría con el de cualquier otra persona. Pero aquel que me lo prestó no da señales de vida, no a mi; y yo sólo quiero deshacerme del libro que cada día observa mi vida desde una ventana, ahora constantemente cubierta por las cortinas, mientras yo ruego que se desvanezca en lo que dura mi viaje por Irlanda.

La ensalada se acaba, el disco ya lo ha hecho, y yo sigo aquí, adaptando mi mano a la velocidad de mi mente, redactando un texto que en un principio iba a tratar de mí y mis suspensos y en el que al final ni yo misma sé de qué hablo, y alargándolo innecesariamente con fin de no tener que acercarme otra vez al libro de filosofía, con fin de ganar tiempo, de no inventar otra excusa para no estudiar, de no ir a la cocina a preparar otra ensalada.