Vale. Parece ser que mi cabeza no tenía ya bastante con preocuparse de mi presente, de mi pasado y mi futuro. No le basta con tener que centrar su atención en mis cursos, mis prácticas, la Cruz Roja, mi desastrosa economía, mi salud, mi perro, mi familia (que da para escribir un libro con un capítulo dedicado a cada miembro, así pues, da para muchísimas movidas), mis colegas y sus propios problemas, mis colegas y los problemas en que me meten, el bachillerato nuevo que comenzaré este año (sí, repito, aún no he realizado los exámenes, pero ya es un hecho), el viaje a Irlanda, las lentillas y el tinte que tengo que comprar y no sé con qué dinero, la Escuela Oficial de Idiomas, los cerdos (los puritanos del lenguaje defienden la idea de seguir llamándolos “chicos” u “hombres”), la ropa que me hace falta urgentemente (y no es que lo diga yo, es que hasta mi madre lo reconoce, y ella no de esas clases de persona muy generosas con el guardarropa), mi gilipollez mental (TENGO que dejar de cantar canciones infantiles cuando voy en transporte público, más si es en Atocha a las 20:30 de un día de diario), devolver las cosas que me han prestado/ pedido que guardara diversas personas, recoger las cosas que he prestado/ pedido que me guardaran a diversas personas, averiguar dónde está aquello que perdí el 8 de agosto, mi peso, decidir qué hago con todo lo que he usado este año en clase y que sigue aún metido en el basurero que es mi mochila (en realidad, todavía tengo que decidir qué hago con lo que usé hace dos años en clase, que sigue aún metido en el basurero que son mis estanterías), mi total falta de información de la actualidad (no tengo tiempo de ver las noticias y cuando leo el periódico estoy ya casi dormida, y no me entero), y algunas cosas más que luego recordaré. Suerte que desde la categoría “amistades” me han dado un respiro, no tengo que preocuparme por nadie, pues todas mis amigas están de vacaciones familiares y lo más grave que puede pasar es que tarden más de 24 horas en llamarme.

Para mi cabeza, el caso es joder un poco. Ya tenía suficientes preocupaciones para mantenerme entretenida todo el día... y voy, y me busco una obsesión. Desde hace unos días, estoy oficialmente obsesionada con el examen de matemáticas de junio. Me acuesto muy pasadas las 02.00 (levantándome a las 06.30) por intentar resolver ejercicios, me despierto y pienso en ejercicios, salgo a la calle y me meto al bolso un bolígrafo y una hoja con ejercicios, me presentan a alguien nuevo y le pregunto si conoce profesores particulares de mates, me conecto al MSN y pido a la gente que me ayude con los problemas, y todo esto por un examen que hice hace dos meses. ¿Por qué se empeñará en putearme mi cerebro?

PD: Mi lista de preocupaciones es muy egocéntrica, estoy de acuerdo. Pensé tiempo atrás en preocuparme por la capa de ozono, la situación del Tibet y la paz mundial, pero creo que preocuparme por mi peso tiene más lógica que lo anterior, al menos mis problemas con la báscula tienen solución.