Tiene gracia, pienso antes de salir de casa, que me esté dirigiendo tan tranquila al último examen de recuperación, el que decidirá mi suspenso. Por que si ayer por la tarde me hubiese dedicado a estudiar y no al messenger, si ayer por la noche hubiese abierto el libro en vez de quedar con unos colegas a las once, si esta mañana hubiese dedicado menos tiempo a elegir mi vestuario y más a repasar el apriorismo, tendría alguna oportunidad de aprobar.
En mi bolso llevo, eso sí, el kit completo de chuletas, que consta de bolígrafo negro permanente de punta fina, lápiz, bolígrafos de distintos colores, lápiz de ojos, papel, gafas, caja de las lentillas, tijeras, pegamento en barra, calculadora, crema, colonia y pañuelos. Un poco de material, y todo aquello que aprendiste en Art Attack de pequeño cobra utilidad. Por supuesto, a los diecisiete años no tengo intención de usar el bolígrafo permanente para dibujar unos ojitos a un muñeco hecho con papel maché, pero es muy útil para escribir en las patillas de las gafas esos términos que no acabo de recordar, y borrarlos después frotando con un kleenex y colonia. Tampoco tengo intención de maquillarme en clase, pero con el lápiz de ojos puedo escribir bajo mi muñequera cualquier esquema que no recuerde bien. Impregnando la muñequera en crema, bien extendida, no resulta difícil echar un vistazo a los apuntes en mitad del examen, que serán fácilmente eliminados con mover un poco la muñequera, perfecto en caso de que la profesora sospeche algo.
Mi vestuario, cuidadosamente elegido, en negro, para que no llame la atención la muñequera con la calavera, completado con un maquillaje exagerado para ir a un examen en el mismo color, intenta recrear esa imagen que la profesora tiene de mi -para ella supongo que soy la rebelde sin causa del grupo-, intenta que no se fije en mi persona más de lo normal, que no llame la atención el supuesto esmalte oscuro de mis uñas, que en realidad son apuntes en escala muy reducida. Sé que voy a suspender, por supuesto, pero no quiero dejar el examen en blanco. Por que hoy he caído, idiota de mi, en que esta profesora me dará clase este curso de nuevo, y debo empezar a mostrar interés por su asignatura si quiero aprobar. Que parezca que he hecho algo este verano.

Llego tarde. La profesora me llama desde la puerta, diciendo que entre ya o pierdo mi oportunidad de entrar al examen. Me paro un instante. ¿De verdad es tan importante para mi sacar un 2 o un 3? Este Septiembre es el primero en el que he visto que la gente se arriesgue tanto con las chuletas. Sin embargo, ellos se juegan algo. Yo no. Yo sé que repito curso, ¿para qué jugarme la poca confianza que la profesora tiene en mi, pudiendo ganar tan poco?

Sin mediar palabra, entro al baño. Borro todo rastro de tinta, de apuntes. Entro al examen. Leo las preguntas, me invento las respuestas a unas cuantas según recuerdos que me llegan de este curso, de las clases previas a exámenes en que mis compañeros comentaban nerviosos el temario, del día en que hice resúmenes de todo el libro en un intento de salvar el curso. Tras una hora y media de echar cuento a las preguntas, salgo. Me reúno con unos amigos. Tomamos algo. Y espero, deseo, haber hecho lo correcto.