Una de "mis niñas" del campamento urbano tiene ataques de ansiedad. Por la más mínima tonteríase inquieta, grita, llora, da patadas y me pone de los nervios. Si alguien la acusa de haberle pegado, empujado o insultado, llora ella. Y a mi no me faltan las ganas de acompañarla.

Sus espectáculos son eso, espectaculares. Sólo había visto algo parecido en televisión, cuando retransmiten reportajes sobre exorcismos. No puedo entender cómo las leyes de la física permiten a una criatura de cinco años avanzar sentada por el suelo a base de patadas, cruzando la clase en menos tiempo que yo caminando, al tiempo que destroza un caballete, me tira otro en el pie y desordena las mesas que por una vez han puesto los niños en su sitio.

A mi me gustaría también tener ataques de ansiedad. Que se me permitiera llorar y tener rabietas, y pegar e insultar. Y que viniesen tras de mi para consolarme, y alguna voz bondadosa susurrase por lo bajo que tengo problemas de familia, en mi vida, cualquier cosa, como cuando llora ella. Y que tuviesen paciencia conmigo, por mi triste vida, para decirme después que todo mejorará si yo mejoro.

Y tras eternos minutos, con la rabia liberada y sólo cansancio en mi cuerpo, unirme otra vez a un grupo, jugar y reir, y olvidar los sentimientos que cada vez con más frecuencia tengo que callarme.