Lamento la longitud del artículo que voy a escribir. No es interesante y encima es largo, así que, sinceramente, soy la primera en recomendar que no lo leáis, ya publicaré algo menos extenso..

Cuando vi la carta en el buzón me quedé un momento pasmada. No me gusta esa palabra, pero no hay otra que lo describa igual. Recuerdo que era viernes, a eso de las doce de la mañana, yo acababa de regresar del instituto, de la entrega de notas del segundo trimestre. Las notas no eran buenas, pero tampoco eran inesperadas, así que no me habían afectado. Lo que sí me hacía estar molesta aquel día era que, siendo final de trimestre, todo el mundo se quedaba en la calle para celebrarlo. Menos yo. Mientras volvía a casa veía a la gente feliz en grupo con sus notas en la mano, mientras que yo volvía a casa sola. Cambiar mi vida fue maravilloso, pero de vez en cuando hubo pequeños bajones, como aquel, que no me gustaban demasiado.
Aún así, no me encontraba especialmente mal. Me hubiera gustado que las cosas fueran diferentes, pero tampoco tenía precisamente ganas de llorar. Al menos, no hasta que vi la carta.
Lo primero en que me fijé fue en el logo de la organización, que hubiese podido dibujar estando en coma, de tantas veces que lo había visto. Apenas reparé en él, mis ojos se fueron veloces hacia las letras, como siempre, las letras azules en las que estaba escrito el nombre de aquel lugar en el que pensé durante meses al cerrar los ojos para dormir. Debajo, mi nombre y mi dirección, en letras negras.
Me sorprendió la carta, por que no esperaba que llegara. Creía que, de obtener respuesta, sería mi madre quien recogiese la carta del buzón, para interrogarme sobre temas de los que prefería no hablar a menos que tuviese la total seguridad de conseguir mi objetivo. Más tarde, al no recibir ningún sobre, pensé que la empresa no tenía tiempo ni ganas de enviar un "no" a todos los aspirantes que no lo habíamos conseguido. Entonces asumí que era un no, pero no me dolió. Sin embargo, tener la carta entre mis manos, el sobre cerrado, aún puro el papel de dentro, sin desdoblar, y la certeza de que entre esas líneas estaba escrita con delicadeza la frase "te jodes" fue demasiado. No lo pude abrir. Entré a mi cuarto, desordenado, la cama sin hacer. Dejé la carta encima de la mesa, debajo de un papel, por si mi madre regresaba a casa y lo veía. Me puse a limpiar. Barrí el salón repitiéndome que no pasaba nada ante una respuesta negativa. Que sobreviviría. Que sabía que no lo conseguiría. Que no era una derrota ni un fracaso, era un paso más que podía asumir.
Salí al patio, lo barrí, susurrando eternamente las mismas frases de consuelo. En algún lugar de mi cabeza una voz intentó tentarme, ¿y si?... La hice callar. Intenté que mis susurros ocultaran los suyos. Estuve cerca de conseguirlo.
Cogí la manguera para dar el último repaso al suelo de cemento. Antes de haber terminado de limpiar, mi paciencia reventó. Tiré la manguera al suelo, me sequé las manos, entré a mi cuarto. Sólo pretendía abrirlo, para luego seguir limpiando, como una pequeña fase dentro de un proyecto, el proyecto de recibir la peor noticia que podía escuchar en aquella época. Pero cuando abrí la carta no pude contener mis ansias. Este último año me he vuelto muy impaciente.
Nada más ver el borde del papel quise sacarlo un poco. Al sacarlo, y ver el grosor de los dos folios, perfectamente plegados, tiré un poco más de ellos. Cuando descubrí nuevamente el logo y el nombre de la fundación, seguido de una lista de las personas más importantes en ella, extraje definitivamente las hojas, escritas a máquina, limpias, perfectas, todo lo contrario a lo que es cualquier texto redactado por mi. Las dos primeras palabras me empañaron los ojos. "Lo sentimos". Suficiente para descubrir que no estaba preparada. Que no había logrado acallar a la voz aquella, que, mientras leía la carta, se ocultaba en algún rincón de mi cabeza, con verguenza por su error. Me permití tres lágrimas contadas, el resto las ahogué diciéndome que no me lo merecía. Que no merecía la pena. Que quizá me esperaban cosas mejores tras ese "no".

Leí la carta dos veces aquel día. La guardé en su sobre, la escondí entre mis libros. De ahí la he sacado contadas veces, a pesar de lo cual es la carta que más he releído en mi vida. Aquel sobre blanco con letras azules me enseñó a sobreponerme a los fracasos. A romper ilusiones sin permitir que tiemble mi suelo. A construir nuevas bases sobre la tristeza. A olvidar aquello que me obsesionaba noche tras noche. Me quitó las ganas de hacer muchas, muchas cosas de las que estaba iniciando en aquella época, pero resultó el principio de otras tantas. Entre otros, supuso el comienzo de otro deseo que jamás intentaré cumplir, pues quiero que mi vida vaya por sendas muy distintas, pero que tardará mucho en dejar de estar ahí, suplicando a diario "escógeme a mi".

No es fácil aceptar el primer sueño roto.