En teoría, debe de haber un monitor por cada diez niños.
En teoría, a los menores de edad no nos dejan solos con los críos, debido al tema de la responsabilidad legal.
En teoría, a los monitores en práctica tampoco, por el mismo motivo.
En teoría, no iba a pasar un minuto a solas con cualquier crío.

En la práctica, el otro día aguanté yo solita a una veintena de niños, la mayoría entre 4 y 6 años de edad. Todos gritaban. Muchos lloraban. Unos cinco niños me tiraban a la vez de la mano: una por que quiere ir al baño, la otra por que quiere jugar a los médicos, otra por que su amiga le ha llamado fea, el otro por que quiere contarme lo que sus papás le han dicho esta mañana antes de salir a comer. La última tiene un combinado de todo esto: le duele la tripa desde hace tres días y me cuenta que sus padres no la llevan al médico, los demás niños no la dejan jugar al futbolín (¡ya hay diez personas jugando!, ¡lógico!) y una de sus "enemigas" le ha insultado.
¡¡¡No puedo con todo!!! Ojalá se abra la puerta y entre por ella alguna monitora a echarme una mano...

La puerta se abre. Pero no entra la monitora, si no que salen dos niñas: una quiere ir al baño y otra a buscar a Ainhoa, la jefa. Salgo al pasillo y las hago entrar. Cierro la puerta mientras vigilo que no se escapen. Y mientras las vigilo a ellas, Aitana pone la mano en el marco de la puerta, de modo que al cerrar le pillo sus deditos. Grita y se tira al suelo. Me empieza a insultar, a gritar, a llorar. La intento calmar. Viene la jefa, y no sé si exclamar "¡mierda!" o "¡por fin!". Se lleva a la niña. No tengo tiempo para pensar en lo que me va a decir, por que aún hay 19 niños en el aula.

Al cabo de un rato, viene. Me rpegunta cómo se ha hecho daño Aitana, y le confieso que fue mi culpa. No me regaña, pero me dice que ha (he) provocado un gran lío, cuando intentaban tranqulizar a la pequeña ha empezado a arañar y dar patadas, y ha salido corriendo a encerrarse en otra clase. Cuando se acercaban a ella atacaba, ha dado una patada en la cara a una chica de la clase de los pequeños (4 años). No saben qué hacer con ella.

Para colmo, en unos minutos llegan los coordinadores, jefes de todas nosotras, las cuatro monitoras.

La mañana transcurre rápida. A las doce por fin puedo enterarme de lo ocurrido. Ha sido necesario llamar a sus padres, que vienen a buscarla, dicen, aunque aún no han llegado, y hace unas tres horas que les avisaron. La niña me odia. Nadie me regaña, aunque en mi interior yo no hago más que llamarme estúpida, una y cien veces. Entonces me comentan que la madre de la chiquilla, al contarle lo ocurrido por teléfono, preguntó que si el llanto era por el dedo pillado, o si le había dado "el ataque". Todas las monitoras asumen que sufre ataques de histeria, nervios o ansiedad. Yo decido hacerlo también, para acallar esa voz que me insulta en mi interior.

En teoría, yo no tendría que verme en estos problemas en mi tercer día de premonitora.
En la práctica, tengo que irme acostumbrando.