La primera hora fue la más tranquila. Quitando los llantos de ... ¿Sheila?, provocados por el castigo impuesto por la monitora, la única dificultad que tuve que soportar fue alcanzar las ceras de colores a los otros niños. Pero se me hizo eterna.
Las demás pasaron rápido, más o menos. Me acostumbré a las caras, a los nombres. Me acostumbré a la idea de que me llamen "profe". Me acostumbré a hablar con niños trece años menores que yo, aunque no logré alcanzar ese nivel de conversación insulsa que mantienen normalmente los adultos al dirigirse a infantes. Ya perfeccionaré esa técnica.
Y al final tiene hasta algo de gracia recortar a toda velocidad las manualidades de los niños, mientras la monitora les canta, les habla y coge también unas tijeras. La semana pasada hubo más niños y no tenía ayudante, supongo que de ahí su habilidad. El recreo es agradable. No tengo ningún apego especial a convencer a Paula de que tiene hambre y de que su bocadillo está rico, ni a jugar con los pequeños a que en la arena hay cocodrilos y en el asfalto ballenas, pero mis quince minutos libres -que coinciden con los de la coordinadora, luego no hay problema si se alargan un poco- son de apreciar, sentadas en la terraza de un bar cercano. Sólo en esos momentos, el sol de agosto es agradable.
Quedarme con los niños a solas también tiene su interés. Si bien no ocurre a menudo, sólo unas pocas veces, es divertido intentar que jueguen o canten... a pesar de que siempre hay alguna interrupción debida a las peleas entre ellos. Pero también es algo que tengo que aprender, el enseñarles a pedir perdón.
La hora de la comida sí me gusta. Sería capaz de quedarme yo sin comer con tal de cuidar una mesa. Es irónico, pues a la edad de los niños también hubiese sacrificado mi comida por cualquier otra actividad, aunque con motivos distintos. Odiaba el comedor. Como monitora tiene gracia, hay algo en cortar pollos y despedazar filetes, limpiar bocas y convencer a futuras anoréxicas del placer de la comida, hay algo que me llama la atención. Además, es mucho más sencillo que las actividades en el aula. Mientras mastican están demasiado ocupados para robar material.
Al llegar a casa, no hay cansancio. Todavía. En un par de días, ya se verá. Trabajar gratis cansa más que trabajar por dinero.
Mi madre encuentra hilarantes historias sucedidas, como el primer culo que he limpiado en mi vida (si algún día tengo hijos, ya pueden imitar rápido a los del anuncio de Kandoo). Yo encuentro delicioso el helado que robo del congelador, a modo de final de la mañana.
Mañana la experiencia se repite. Por el momento, tengo tiempo libre.