Hace un rato se fueron nuestras amigas. Era pronto, pero una de ellas, que apenas tiene 14 años, aunque parece muchísimo mayor, tenía cercano el toque de queda, y las otras dos, que viven enfrente de ella decidieron acompañarla. Tienen 18 años, sus madres no les imponen hora de vuelta a casa y podrían haber hecho lo que quisieran, pero decidieron volver a casa por no dejar sola a su vecina. Eso es para mi la amistad. Pequeños detalles que hacen que te sientas querida.
Inglesita y yo montamos en una atracción de la feria, normalmente llamada "Kanguro" o "Rana". Con los botes de la atracción me voy hacia un lateral, Inglesita hace un chiste por ello y reímos. No paro de reir, no paran los giros ni los botes, no para el mundo. Mi pelo sube y baja debido a fuerzas de ésas que seguro que estudié en algún momento y que hoy no me interesan. Y me siento bien. Por que, tras varios años, estoy en las fiestas de dónde vivo sin preocupaciones. Me importa una mierda quién me vea y quién no: yo he venido a divertirme y no a lucir mi ropa ni a intentar demostrar una intensa vida social; me resulta indiferente que mis antiguos compañeros de instituto me miren con mala cara o puedan cotillear sobre mi, ni me molesto o inquieto al tener que saludar a los compañeros de este curso; no tengo que preocuparme por inventar una excusa para mi preocupada madre, por que esta noche sabe dónde estoy, no he necesitado mentir; no me importa el dinero por que lo tengo, por que no tengo que suplicar a nadie que me preste cinco euros para tomar algo. Soy feliz, como siempre. Intensamente feliz.
Invencible.

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Entro en la panadería y saludo. A mi derecha, tras la puerta, está la que hace unos seis años era la panadera; era una mujer mayor, pero muy simpática y amable, que me trataba muy bien y en alguna ocasión me regaló golosinas. Sufrió algo en el cerebro, ya no recuerdo el qué, y sus hijos tuvieron que sustituirla. La tienda ha cambiado de dueños, pero deben de tener también relación con ella, por que este año está siempre en la puerta, sentada en una silla de ruedas. Parece eternamente vieja y su forma de hablar es extraña, y yo nunca sé cómo debo comportarme en su presencia. Es la de siempre, aunque distinta. Debería comportarme normal, pero nunca sé cómo es "normal".
La panadera responde a mi saludo. La mujer de la silla de ruedas, también. La miro y sonrío. La típica sonrisa que dedico al mundo desde que descubrí que es un buen remedio contra todos los problemas.
Deseo que mi sonrisa haya sido la respuesta correcta. El trato correcto.
Ella sonríe también.
Esta vez he dado en el clavo.
Invencible.